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miércoles, diciembre 31

XXXI Ni soy ni estoy ni me pienso quedar

       A lo largo de los últimos años he hecho muchas listas: de tareas, de series pendientes, de sueños. Todas acababan luego en cualquier rincón o en la basura, pero me ordenaba a mí misma. Escribir siempre lo hace. Aún así, nunca tuve las agallas para sentarme y escribir sobre un nuevo yo. No me malinterpretes, había mucho que cambiar. Hay mucho que cambiar todavía. Pero cómo iba a influir ese retrato escrito, cómo iba a conseguir la nueva vida que soñaba poniéndola sobre papel. Y por dónde iba a empezar. O a terminar. Por qué iba a ser mejor cualquier garabato que la persona que ya era. ¿Y si era peor? ¿Y si al final se quedaba en otro simple manchurrón en un cuaderno más que gastado? Como a tantas otras cosas, no me atreví. ¿Me arrepiento? Quizá sí, quizá no; depende del momento, del día y de la máscara que lleve puesta. Lo que sí tengo claro, aunque me cueste admitirlo, es que, lejos de mejorar, he ido caminando hacia atrás mucho tiempo. La persona que era antes se secaría las lágrimas en privado y saldría con la sonrisa puesta, pero ya no soy esa persona. He cambiado tanto, y tan mal, que a veces no me reconozco. He perdido tantos papeles como personas, y no debí. Lo de perder los papeles, digo. La cabeza fría cayó por K.O. ante un corazón que, sin más, despertó, y no supe controlarme. Me estanqué en la derrota y aprendí todos sus detalles. Y no me acostumbré a perder, ni mucho menos, pero su sabor acabó resultándome tan familiar como atrayente. Ya se sabe que lo fácil es estar mal, para estar bien se requiere esfuerzo; y a mí no me quedaban ganas de intentarlo una vez más. Nunca fui suficiente. “Deja de lamerte la patita, no seas tan dramática” me decían. “No sabes una mierda de nada” pensaba yo. Y supongo que teníamos razón ambos. Tenía que levantarme, claro que sí, pero lo complicado que era sólo lo sabía yo. Tampoco es que nadie quisiera entenderlo, para qué engañarnos. Mi día a día consistió durante muchísimo tiempo en tomar apuntes de algo parecido a chino rodeada de extraños y volver a casa a rodearme de gente que tampoco me conocía. La base de mi comunicación recaía sobre un aparato sin vida y con batería defectuosa. Y no importó. O no importé. ¿Qué se supone que debí hacer: sonreírme a mí misma y seguir adelante? ¿Esperar que el mundo pusiera cada cosa en su lugar? ¿Dejarme el alma en el intento? ¿Perder el miedo? ¿Y hacerlo todo sola? No me creí capaz. 

       Pero un día despiertas… y tal vez sí.


Resulta que almost brave echa el cierre indefinidamente. Pero volveré pronto... creo.

domingo, diciembre 28

XXX

       Ya ha salido el sol. Los recuerdos de la noche pasada reposan entre un montón de sábanas revueltas y como tantos otros días, amanezco jodida y sola. Me quedé dormida un segundo y ya habías desaparecido. Te marchaste, de mi cama, de mí. Aunque, sin despedidas, irse no es más que una forma poco sutil de huir. Cuántas veces has huido ya. Cuántas veces he despertado y no he encontrado más que tu hueco vacío al otro lado de la cama y una nota junto al despertador. «Lo siento, sé que no te lo mereces». Pues quizá no lo sientas tanto, pero tienes razón: no merezco nada de esto. No dejaré que vuelvas a desordenarme la vida. Voy a cerrar el libro para siempre.

miércoles, diciembre 24

XXIX

       Menuda idea venir hoy al centro comercial, refunfuña malhumorada. Es 24 de diciembre y la gente corre frenética de una tienda a la siguiente. Santa Claus llega mañana a la ciudad y parece que a muchos se les había olvidado hasta hoy. Cuántos regalos por compromiso y qué poca verdad. Cuántos presentes y qué poco aprovecharlo. Vuela hasta el supermercado para hacerse con algunos encargos. ¡No quiere saber qué pasará si se le ocurre aparecer por casa sin los turrones de arroz de su madre! Veinte minutos de búsqueda y más de media hora de cola después, ya tiene todo lo que necesita, pero las ganas de llegar a casa y meterse en la cama hasta que acabe toda la parafernalia navideña se han apoderado de ella. A veces quisiera volver a cuando era niña y la ilusión hacía que, desde principios de noviembre, comenzara a contar cuánto faltaba para el gran día. Tiempos en los que su mayor preocupación era encontrar un sistema de riego infalible y novedoso para su recreación del portal de Belén. Tonterías, vaya. ¿En qué momento Navidad dejó de significar cantar villancicos con una manta y chocolate? ¿Cuándo pasó la familia a segundo plano y…? 
       Aparta como puede todos esos pensamientos de su mente y se dirige hasta el coche. La noche será larga.

Aquella estrella de allá hoy brillará por ti… (hoy, mañana y siempre)

domingo, diciembre 21

XXVIII Only human

       A veces la vida se resume en una lucha constante entre lo que sientes sin pensar y lo que piensas sin querer. Mi lucha, desde hace meses, ha sido seguir queriendo creer en tus mentiras. Y no las creía solamente, sino que las entendía y las justificaba. En mi cabeza incluso tenían algo de razón y eso para mí es mucho decir. A veces hasta me culpaba a mí misma de todo.

       Podría haber sido más simpática.

       O más amable.

       Más cariñosa.

       Tratar de comprender. O aceptar sin comprender (y a tomar por culo todo el sentido común que la madre ciencia instauró en mí).

       Estar ahí cuando llegaras. Seguir ahí cuando te fueras.

       Ser más paciente, no exigir.

       Apretar los dientes y fingir.

       No enfadarme.

       Podría haber hecho tantas cosas… Lo intenté con todas mis fuerzas, aunque no me creas. Quería ser perfecta, para ti. Para que me quisieras más, aún, todavía. Para que quisieras estar conmigo. Para que no cambiase nada entre tú y yo. Vaya tontería, ¿no? Si el “tú” se separó del “yo” hace tanto que… No tengo perdón.

       Fallé en todo.

       En ser yo misma.

       En ser alguien que tú pudieras querer.

       En intentarlo siquiera.

       No imaginas cuanto daño me hice… Pero necesitaba retenerte. De alguna manera necesitaba que me quisieras, y así poder quererme yo también. Te necesitaba queriendo quedarte. Porque si esto se acaba, si al final resulta que no mentías, que eres el monstruo que no quiero ver, ¿para qué nos ha servido la lucha? (No puedes serlo, joder, no puedes.)

       Tenías que quedarte.

      Tenías que quedarte para que el mundo no me pareciera el lugar frío que me parece ahora. Para que no tuviera este aspecto desolador. Para que siguiera creyendo en las personas. Para estar en casa. Demasiada responsabilidad para una persona que había cerrado su corazon porque no quería volver a sentir, lo sé. Tenías el peso del mundo sobre tus hombros, y yo sólo quería esconderme debajo, a salvo.

       Pero no fui suficiente.

       Y ahora me parece estar viviendo una vida en la que ya no puedo encajar. Tengo el corazón hecho a tu medida exacta.

miércoles, diciembre 17

XX7

[...] Las ganas de arrancarte la lengua y hacerla pedacitos me están abrasando las entrañas, pero ya ves, sonrío. De oreja a oreja además, porque no creas que te voy a dar la satisfacción de verme perder los nervios, qué va. Es más, ¿por qué debería siquiera perder más tiempo en un enano mental como tú? Que no, que no insistas: aquí no hay nada que arreglar. Encima tienes la poca vergüenza de decir que la culpa no es directamente tuya. No, claro, fui yo la te metió en su cama y te quitó los pantalones. Serás desgraciado. ¡Ah, fue un descuido! ¡LO HUBIERAS DICHO ANTES! Descuido… Joder, pero, ¿tú te escuchas? Recoge la poca integridad que pueda quedarte y lárgate de aquí de una buena vez... ¿Beso de despedida? ¡¿Pero quién diablos te crees?!

domingo, diciembre 14

XXVI

       Resulta que mirar viene del latín mirari, que en palabras simples viene a significar algo parecido a admirarse o maravillarse. Probablemente no lo sabías y, para qué engañarnos, tampoco te importe. Y no es que a mí me haya dado por la etimología ni mucho menos, pero...

       ¿Y si nos miramos sin vernos? ¿Qué obtenemos? -ya sabes que mis citas son algo libres-. Una amistad, a la que no le hacen falta ojos.

       Pues así de primeras, qué quieres que te diga. Eso de no ver a quien quieres siempre me ha parecido una m***** mayúscula, así que puedes imaginarte qué me parece lo de no abrazarte. Claro que hacen falta ojos. También bocas que sonrían o manos que se rocen por error. Y mirarte a los ojos mientras sonríes. Claro que hace falta, repito de nuevo en voz muy baja, sólo para mí misma. 

       Pero luego te miro, desde tan cerca como me es posible, y pienso que lo de maravillarse puede que tenga sentido. A lo mejor lo de admirarse, a uno mismo en otra persona, no sea tanta locura, al menos si se trata de ti. Te miro y descubro una coraza pequeñita y una persona enorme. Descubro fuerza y agallas, alegría y dolor. Las ganas de hacerlo todo y no temer a nada, la calma y la inquietud. Una mirada desafiante que muchas veces derrochó luz. Un gran niño que siempre acaba apareciendo y un pequeño hombre que sigue sorprendiéndome todavía, que me sostiene todavía. Te descubro quedándote cuando deberías irte y escondiéndote quién sabe de qué. Te descubro en cada paso que doy y todas las veces que me quedo quieta; lejos, pero conmigo. Te descubro en lo bueno y, muchas veces, también en lo malo. Y no sé explicarte a qué se debe esta extraña sensación que me invade el pecho. No sé si es gratitud, de que haya gente como tú, de que estés aquí, u orgullo, de ti, de la vida contigo en ella. Puede que sea cariño o tal vez felicidad, vete a saber. Pero te entiendo. Que no necesito ojos para esto y nunca los necesité para mirarte. 

       Ojalá no olvides mirarme tú.
       (Y abrazarte fuerte. Y que no quieras irte.)

miércoles, diciembre 10

XXV

       Niña, tienes que quererte. Sécate las lágrimas y sal de debajo de las mantas; date una buena ducha con agua fría. Prepárate un café con dos de azúcar, que bastante amarga es la vida ya. Tómatelo despacio y sin prisa, que a partir de hoy sólo te esperas tú. Que sí, que al final vas a tener razón y basta con tener a una persona, a una sola, a la que coger de la mano y con la que enfrentar el mundo, pero esa persona fuiste tú desde el principio. 

       Levanta la cabeza, anda. ¿No crees que ya fue suficiente? Si fuiste capaz de defender a otra persona con uñas y dientes, ¿por qué no te levantas y lo haces por ti misma? Que nadie más duerme en tu cabeza, que ya vale.

       No entienden tus maneras y les dan igual tus motivos. Da gracias de no ser como ellos. Te prometo que no tengo la receta para ser especial, pero que ellos son todos iguales; que sólo fingen ser diferentes. Las fotos ya no son recuerdos, los amigos ya no son familia y la vida no es como dejan ver a través de una pantalla. No seas así. Que nadie te haga ser quien no eres.

       Si te quedas, quédate. Si te vas, no mires atrás. Si se quedan, cuídalos. Si se van, no tengas miedo de no dejarlos volver. Pero no cierres nunca tu corazón; recuerda que los corazones rotos se curan y los corazones cerrados pocas veces vuelven a sentir. Siente, siente mucho, y se lo suficientemente valiente para no aceptar lo que no mereces. Porque parece que ahora está de moda decir te quiero sin saber siquiera qué es eso de Querer. Ten mucho cuidado con aquellos a quienes confías esa parte de ti, porque no la recuperarás… pero quiere, quiere mucho y de verdad.

       No vuelvas a creer que la mejor parte de ti tiene otro nombre diferente al tuyo, porque no es cierto. Nunca lo fue. Ni siquiera el suyo. Nunca lo será.

       No te pierdas intentando conservar la compañía de aquellos que te hacen sentir sola. Buenos recuerdos no aseguran buen futuro; recuérdalo bien. Hay gente que no tiene palabra, así que no sigas creyendo en ella, porque hay palabras que hacen más daño que los golpes (bien lo sabes). Recuerda cómo queman los “te lo dije” y nunca los pronuncies. Pero no todos son como tú, y tienes que aprender a aceptarlo también.

       Sonríe a los desconocidos y que nadie pague tu malhumor. La próxima vez que alguien te guiñe un ojo, acércate y preséntate. ¿Qué vas a perder? El miedo déjalo en casa, a buen recaudo.

       Quizá no vayas a ser feliz siempre, pero inténtalo cada día. Escribe, escribe mucho y lee más. Y da las gracias; por cada sonrisa, por cada momento, por cada recuerdo. Perdona aunque nunca lleguen las disculpas. Ya sé que a veces el corazón no acepta cosas que la mente ya ha digerido rato antes, pero date tiempo. Todos los días sale el sol en algún lugar.

       Y si aún con todas esas no eres capaz de levantarte, recuerda que Ella te mira desde algún lugar. Tú, que nunca creíste en la vida más allá de la muerte, te ves cada día convenciéndote de que no pudo terminar todo aquel día. Y no lo hizo. Ella sigue viva cada vez que sonríes, así que hazlo. Por ti, por ella.

       Pero sobretodo niña, aprende a quererte.

domingo, diciembre 7

XXIV Tonterías

       Soy bastante olvidadiza, o al menos eso dicen. Personalmente, prefiero el término memoria selectiva. Porque si no, que alguien me explique cómo puede ser que no recuerde dónde dejé la calculadora que estaba utilizando hace escasos minutos, pero pueda recitar la primera página de mi historia favorita entera (El señor y la señora Dursley, …).

       No recuerdo cuándo te conocí, no sé qué coche llevas y te prometo que intento recordar si de puntillas llego a ver tus ojos, pero no soy capaz. No sé cuál es tu comida favorita, aunque sé que no te gusta el chocolate (mira que eres rarito no importa, a más toca). Pero, ¿sabes qué no voy a poder olvidar nunca? Tu sonrisita de superioridad a medio lado. Porque tu sonrisa quizá no pueda iluminar la ciudad entera, pero te prometo que me da calor. Hace mucho que no la veo y aun así, la tengo grabada no sólo en la memoria, sino también en la mente. Y…

       No encuentro la calculadora.

miércoles, diciembre 3

XXIII

Si me hubieran preguntado hace un par de años, habría dicho que Diciembre (en mayúscula) era la felicidad hecha mes. Que sabía a turrón de arroz y a chocolate en taza, espeso, de ese que se prepara en las tardes frías y se toma acompañado de un buen libro o de una gran persona. Que eran las millones de luces de las casas, de los portales, de las calles, que iluminaban el camino. Que era de color rojo escarlata y verde abeto, y del color de todas las figuras que usábamos para adornar el árbol; la jaula de madera y también la estrella dorada que nunca logré colocar derecha y poco importaba. Que fueron un montón de villancicos cantados a pleno pulmón y otros tantos a media voz. Que Diciembre era Navidad, verte sonreír sin motivo y desear que lo fuera todos los días del año. Pero ya no, ahora son sólo días. Un mes como otro cualquiera, que con suerte pasará sin hacer ruido, y en el que seguiré echándote en falta… porque el hueco que dejaste no se llena con nada.

miércoles, noviembre 26

XXII

       ¿Eres de comedia o de ciencia ficción? No me gustan nada los dramas románticos… ¿De VO, con o sin subtítulos, o de doblaje? Bajo la lluvia, ¿bailas o besas? ¿Por qué no las dos? ¿De sudadera o de calor corporal? ¿De “qué buena está” o de “qué a gusto estoy”? ¿Te gusta el frío o prefieres el calor que se desprende bajo las sábanas? ¿Camuflas la mala leche llamándola sinceridad? ¿Te escudas en el “yo soy así”? Y en el tema de los golpes… ¿cuál es tu estilo: empotramientos contra la pared o puñaladas por la espalda? No necesito preguntar si has roto algún corazón pero, ¿qué tal va el tuyo? Y tú, ¿eres feliz? ¿Con qué sueñas despierto y qué (o quién) te quita siempre el sueño? ¿Tus latidos se suavizan al abrazar a alguien? ¿Se aceleran? ¿Te gusta leer? Si la respuesta es negativa, por favor, piénsalo de nuevo. ¿Chocolate blanco o chocolate negro? ¿Te has parado alguna vez a escuchar los latidos de alguien y has sentido que las manillas del reloj se ralentizaban? ¿Has tenido nudos en el estómago o en la garganta? Yo sé hacer nudos de corbata… y espero que no seas de llevar pajarita. ¿Tienes un número favorito? «El siete es el número más poderoso de todos.» ¿Alguna vez has querido detener el tiempo hasta que dejara de doler o eres de los que se levantan aunque duela? Los segundos son, sin duda, una clase de gente muy especial. ¿Prudente o cobarde? ¿Cobarde o valiente? ¿Valiente o atrevido? ¿Atrevido o imprudente? ¿De los que aceleran a fondo en las curvas o de los que van por el carril derecho? ¿De los que duelen o de los que se duelen? ¿Eres de los que se quedan y vuelven a intentarlo? Sí, tienes pinta de ser uno de esos locos que no se dan por vencidos. ¿Sonríes sólo con la boca o también con los ojos? ¿Eres de blanco o de negro (gris no vale)? Yo soy de esperanza… y quiero explorar todos tus recovecos.

domingo, noviembre 23

XXI

    Sopla delicadamente el café, sosteniendo la taza entre ambas manos. Hoy es martes, así que seguramente estará en una de esas citas a ciegas que le preparan sus amigos, que no ven la hora de que se empareje. Se nota a leguas que está harta de esas citas y, por suerte, también de ese tipo. Le escucha hablar, por supuesto, pero quince minutos de la reproducción de las orugas amarillas habrían colmado la paciencia de un santo. Ha conocido la barra de todos los bares -aunque sigue acudiendo al mío cada semana-, las cafeterías más lúgubres, los restaurantes más variopintos y a nadie que valga la pena. Siempre dice que no tiene ningún tipo predeterminado, que le gusta sorprenderse. Quizá ese sea el problema: nadie está a la altura de sus expectativas, y contra eso, poco se puede hacer. 
     Se despiden con dos besos fríos en las mejillas, y él se va con aire satisfecho, como si no hubieran estado en la misma cita. Acaba su café y deja unas monedas sobre la mesa. Se levanta, bolso en mano, y pasa frente a la barra, con dirección a la salida.

         - Que pase buena tarde, señorita.

Hasta la próxima, espero.

miércoles, noviembre 19

XX

       Bip. Bip.

¿Quién llamará a estas horas? ¿Y qué hora es?
Maldita resaca, qué dolor de cabeza. 

       Bip. Bip.

Abro lentamente los ojos, pero el sol entra sin compasión por la ventana. ¿Y esas cortinas? La habitación no me resulta nada familiar. Frente a mí hay un cuadro con un póster de un rapero que se me hace conocido, pero… ¿Dónde demonios estoy?
Veo el bolso tirado en el suelo, junto al sujetador. Me tapo con la sábana y me incorporo un poco para cogerlo y sacar el móvil. Algunas llamadas perdidas y un mensaje en el buzón.

       “Cariño, ¿dónde estás? Anda, ven a casa y hablemos. Tu lado de la cama ha estado muy frío esta noche sin ti.”

Cuelgo. Un rostro masculino me observa desde el umbral de la puerta y me saborea con los ojos. Parece estar rememorando algo.

       - Que mi hermanito no se entere, ¿eh?

Mierda. ¿Qué he hecho?

domingo, noviembre 16

XIX

       Susana y Carlos se conocieron en una excursión a la sierra. Carlos era primo de uno de los amigos de Susana y aquella mañana al llegar se incorporó al grupo por primera vez. A pesar de que fue atracción a primera vista, aquel fin de semana no pasó nada entre ellos. Aun así, buscaban excusas para quedarse a solas y charlar un rato; habían congeniado tan bien que no parecía que se conociesen de unas horas. Susana, que era la viva imagen de la timidez, se encontraba muy cómoda perdiéndose en los ojos de aquel perfecto desconocido mientras le hablaba del jefe del taller en el que trabajaba y que tanto odiaba. Ella trabajaba en una oficina y no creía que las historias de su día a día fuesen entretenidas, pero Carlos la escuchaba como si el mundo dependiera de lo que contaban sus labios en aquel momento.
       Han pasado doce años de aquel fin de semana. Ha pasado toda una vida en realidad, pero hoy, después de tanto, han vuelto a aquella casa en la sierra. La compañía es diferente esta vez: en el asiento trasero del coche una hermosa niña descansa plácidamente sobre el regazo de su hermano, agotada por el viaje.

       - Mamá… ¿ya hemos llegado? -pregunta en un susurro la pequeña, que ha abierto los ojos al apagarse el motor del coche- ¡Huele a plantas!

domingo, noviembre 9

XVIII

       No existe pesadilla mayor que pasar los días conmigo y las noches sin ti, aunque desde mi habitación no importa realmente si pasan los días o no. Voy por la vida como el corredor al que se le olvidan las zapatillas nuevas en la taquilla de la oficina o el vagabundo sin casa, porque eras el hogar al que volvía cuando la vida pesaba y, de pronto, cambiaste la cerradura. Ahora sólo acaricio los libros que alguna vez hojeaste acurrucada en el sofá y relleno las esquinas de las páginas contándote cuánto echo de menos verte así. No soy capaz de llorarte como un hombre y me escondo tras una coraza, como el niño que antes fui, porque, desde que no estás, he vuelto a desconfiar hasta de la almohada y quién sabe qué te contarán después. Quién sabe si querrás escucharlo.

miércoles, noviembre 5

X7 Mi abuela

      Mi abuela hablaba mucho, a menudo disparates, y mezclaba la realidad con sus sueños.

      Había veces que se le trababan las palabras, veces en que se le nublaba un poco la razón y en medio de una historia se le olvidaba por completo lo que estaba haciendo, y veces en las que repetía las mismas dos frases durante horas sin darse cuenta. A veces ni siquiera era capaz de recordarme o reconocerme, pero nunca se olvidó de decirme que me quería.

      "¿Usted es mi nieta ******? Porque yo a mi nieta la quiero mucho, ¿sabe usted?"

      Era bonita mi abuela.

domingo, noviembre 2

XVI

       Pongamos que aquel día tenía prisa y no dejé pasar el autobús. Pongamos que no tiré la cartera al suelo justo delante de tus botas marrones como excusa para acercarme. Pongamos que no me miraste avergonzada mientras yo me disculpaba y preguntaba tu nombre. Pongamos que no respondiste y no pude invitarte a un café. Solo, con mucho azúcar. Pongamos que no te llamé amarga y te pedí, por favor, que lo repitiésemos otro día. Pongamos que no me diste tu teléfono y te llamé aquella misma noche. Estoy viendo la luna, asómate a la ventana... es preciosa, ¿verdad? Pongamos que no me llamaste tonto y que no te reíste, que no te entraron ganas de seguir conociéndome entonces. Pongamos que no me propusiste quedar ese sábado y hacer un picnic, porque siempre fuiste tan de campo siendo yo tan de playa. Pongamos que no llovió aquel día y nos empapamos. Pongamos que nos importó y no nos quedamos luego en tu portal hablando, mirándonos. Pongamos que no te acercaste y que no me lancé a tu boca. Pongamos que no me invitaste a subir. A por una toalla y algo seco, dijiste. Pongamos que no nos desnudamos entre risas y ansias. Pongamos que no estás durmiendo al otro lado de la almohada ahora mismo y vivámoslo todo de nuevo.

       - Disculpe señorita, se me ha caído la cartera…

miércoles, octubre 29

XV

       - Lo siento, ojalá te hubiera conocido en otro momento de mi vida.
       - ¿Pero qué mierda me estás contando? No me vengas con frases manidas, ojalá tuvieras valor para conocerme ahora y dejarte de estupideces.
       - No hagas esto más difícil de lo que es, ¿quieres? Te dije desde el principio que no buscaba nada serio.
       - No hables como si nos hubiéramos acostado un par de veces y no hubiera significado nada, porque hace seis putos meses que no nos separamos. ¿Prefieres salir cada a noche a meterte en la cama con un tío diferente y conseguir un polvo rápido antes que hacer el amor conmigo?
       - ¿Y qué si lo prefiero? Joder, déjalo ya.
       - Un día te arrepentirás, lo sabes, ¿verdad?
       - ¡Tío, que lo dejes!
       - Y el día que lo hagas pensarás en mí y recordarás que te fuiste. Y te juro que no te voy a dejar volver.
      - Sabes que no soy de las que vuelven.
       - Tampoco eras de las que se iban.

domingo, octubre 26

XIV

       Voy a toda prisa desde que te fuiste y sé que acabaré chocándome contra el muro gigante que he construido a mi alrededor, pero hace tiempo aprendí que no hay valentía sin golpes. Me lo enseñaste tú, ¿recuerdas? Qué cabrón eres. Que eras un alma libre y no podía domesticarte, decías. Alma libre los cojones. No eres más que un poeta de callejón de atrás con aires de grandeza y eso adornándolo mucho. Y claro que acabé cayendo. Las idiotas siempre caemos por cualquier imbécil que nos engatuse con tres palabras bonitas y medio gesto de amor. Aunque yo no caí, me tiré de cabeza al cuarto orgasmo. Pensaba que no es fácil encontrar lenguas capaces de recitar y excitar a la vez y qué suerte haberte encontrado. Maldita ilusa. Desde pequeñita siempre confié en la gente, aún cuando me decepcionaban; me resultaba más sencillo seguir confiando que aceptar que estaría mejor sin ellos. Así que gracias, gracias por largarte en medio de la noche como un cobarde y no volver. A veces vale la pena hacerse añicos rompiendo muros porque se abren caminos. A veces vale la pena decir adiós, aunque no haya despedidas, porque después de cualquier final llega un nuevo comienzo.

domingo, octubre 12

XIII

Siempre he odiado esa manía tuya de poner la alarma del reloj muy, muy temprano para salir corriendo de mi cama, casi como si estuvieras huyendo. ¿Es que acaso sigue pensando que la quieres? Bueno, yo también lo pensé en su momento, pero ha llovido mucho desde entonces. Ya no somos los mismos, ¿verdad? Tú finges que sólo soy un polvo fácil y yo finjo que no significa nada; aunque cuando me miras a los ojos, entre jadeos, podría jurar que…

Nada, que es tarde, deja que te ayude a buscar los pantalones. Hoy es mejor que no te quedes a dormir.

miércoles, octubre 8

XII

Hoy te has colado en mis sueños. Eras un lienzo sobre el que podía dibujar a mi antojo; no había restricciones de ningún tipo, sólo tú ante mí y el poder entre mis dedos.

Supuse que si me atrevía a hacerlo, debía hacerlo bien, así que me alejé un par de pasos para observarte y… qué te voy a decir, ya me resultabas fascinante entonces. No obstante, segundos más tarde decidí ponerme manos a la obra. Borré aquí, puse allá y recorrí tu cuerpo entero lentamente, aunque en algunas zonas me demoré más que en otras. Te gustará saber que no toqué un centímetro de tu espalda.

Cuando creí que ya había acabado, volví a alejarme unos pasos para admirar mi obra. No encontré ni tus manos ni tus ojos, ni la sonrisa traviesa que siempre regala esa boca tuya. Ya no había pasado del que preocuparse, no quedaba nada de esos sueños locos que siempre tuviste o de las manías que me hacían desesperar y rabiar. Te había hecho tan perfecto que ya ni siquiera eran visibles las cicatrices que adornaban tu piel (y tu alma). Antes, en cada abrazo envuelto en fría calidez, abrazaba tanto tu malhumor como tu risa, y no me gustó nada saberlo perdido. Sentí un vacío enorme en el pecho al darme cuenta de que no había visto que la única perfección que puedo ver en ti son todas tus imperfecciones, y ya no la tenía.

Y tú que siempre me dices que quiero hacerte cambiar…

domingo, octubre 5

XI

No creo que te refirieras a esto cuando decidiste que debíamos poner espacio entre los dos, pero incluso el espacio que existe ahora mismo entre tu boca y la mía me parece exagerado. Sé que prometí no buscarte, pero es que se suponía que el alejamiento debía darnos perspectiva y a mí me estaba nublando la razón. O quizá no, ya venía loco de fábrica. Pero de pronto me vi en tu calle, en tu portal, frente a tu puerta, tocando el timbre y qué se yo, no pude evitarlo, de veras. ¿Me invitas a pasar? Venga, ya que he venido hasta aquí… Me sentaré en el sofá, charlaremos un rato y te prometo que no pasará nada. Mejor no te prometo nada, porque esa camisa está pidiendo que la desabotonen con urgencia. Pero podemos charlar primero y puedes contarme cómo te va sin mí. Yo ya ves, jodido. ¿Sabes qué es lo que más extraño? Tus labios en mi cuello, tus manos en mi espalda, las mías en tus nalgas. Sí, sí, ya sé que sólo íbamos a hablar, me he despistado. Es que si me miras así… En el fondo sé que lo estás deseando.

***


Qué guapa estás después de haberlo hecho, ¿te lo había dicho alguna vez? Escucho tus latidos como si tuviera una banda tocando en mi oído y da mucha paz, pero creo que ya es hora de que me vaya. ¿Cómo que por qué? Habíamos acordado separarnos un tiempo, ¿recuerdas? Venga, no montes drama, sólo ha sido un polvo rápido. Te equivocas, no estás enfadada conmigo, estás enfadada contigo misma, por haber vuelto a caer. Claro que no voy a cambiar, pero tú tampoco, ¿verdad? Eso es lo que te jode. Nos vemos pronto, descuida. Llámame.

sábado, septiembre 27

X

     - ¿Sabes de qué tengo miedo?
     - ¿De las alturas? ¿De los bichos? ¿De Jack el destripador?
     - De estar sola. De caminar por el mundo sola y enfrentarme a todo sola. De caerme y no tener a quien buscar. De no tener a nadie que de un abrazo que no arregle nada pero recomponga todas las piezas. Del vacío de no tener con quien compartir las alegrías o con quien vivir momentos alegres. De que nadie sepa que me gusta el café en taza grande y buena compañía. De que se me gasten las ganas de intentarlo y no haya nadie que susurre “venga, se fuerte, una vez más”. De estar sola y no poder.
     - Nadie está solo si se tiene a sí mismo.
     - Joder, si me hubieras dicho que estaba ante el mismísimo Paulo Coelho me hubiera ahorrado el drama.
     - ¿Qué quieres que te diga? Acéptalo y afróntalo, no hay más.

jueves, septiembre 25

IX

Llevaba unos pantalones sucios, un abrigo viejo y unas botas rotas. Tenía una cicatriz en la ceja derecha y los ojos más tristes del mundo. En el suelo reposaba un pequeño gorro raído con algunas monedas en su interior y no le quitaba los ojos de encima. Quién sabe cuanto tiempo llevaría sentado en aquella esquina o si tendría algún otro sitio al que ir o regresar. En su regazo había un bolso de tela que en el que supuse que guardaría sus cosas y que sostenía como un gran tesoro. No dejé de preguntarme si en eso se resume todo, en aferrarte a lo que te queda como única opción de sobrevivir. Me acerqué y dejé unas monedas en el gorro. Nadie más parecía darse cuenta de que estaba allí pero podría jurar que, en aquel momento, vi el reflejo fugaz de una sonrisa en sus labios.

martes, septiembre 23

VIII

Son las tres de la mañana. La mitad del mundo duerme, algunos pocos aman, y otros respiran, sin más. Estarás durmiendo, supongo. Hace dos semanas que no te tengo enfrente, cinco días que no hablamos y casi un año que empecé a perderte. No creo que te sorprenda que lleve la cuenta, siempre te molestó que fuese una maniática controladora. Y que fumase. Quizá debería dejarlo. Qué estúpido que piense en esto ahora que no estás, ni estarás, y no cuando estabas a mi lado. Siempre llego tarde: a las citas, a tu vida, a las decisiones. Y joder, ¿quién puede dormir cuando estas mierdas te pesan en la mente? Estoy un poco bebida, añádelo a la lista de razones por las que no debes volver. Pero olvídate de todas ellas, que los problemas ya no se disipan ni con la botella medio vacía. O medio llena. Míralo como quieras, pero acércate a verlo. Acércate. Vuelve.

viernes, septiembre 19

7

      - ¿Y si vamos a casa?
      - Me apetece quedarme un rato más.
    - Pasa de ellos, vamos - Eric la agarró por el brazo tirando hacia él. Lía se resistió ante la mirada estupefacta de sus amigos.
     - Tío, déjame en paz - le espetó. La frialdad con la que se miraban en ese momento cortaba el ambiente.
     - Pero, ¿qué coño te pasa ahora? Es que no hay quien te entienda, maldita desquiciada.
     - Quieres echar un polvo, ¿no? Pues búscate a otra, porque hoy no abro.
     - ¡Joder, Lía!

Eric salió del bar y deambuló por las calles sin rumbo alguno. Esta tía sólo me va a traer problemas, pensaba, pero qué demonios, arderé en el infierno de todas formas. Mañana la llamaré.

miércoles, septiembre 17

VI

     -¡Estos jóvenes están locos! En mis tiempos uno podía salir a la calle tranquilo, sin miedo, y no pasaba nada. ¡Nunca pasaba nada! Ahora ya no se pueden ni traer chiquillos al mundo. Total, ¿para qué?, ¿para que no puedan ni salir a jugar al parque? No, qué va, es que no se puede, madre mía.

Don Manuel hablaba a viva voz sin esperar respuesta alguna de ninguno de los presentes. Acababa de presenciar cómo la señora Eugenia era trasladada en ambulancia al hospital de las afueras del pueblo. ¿Razón? Unos adolescentes imbéciles inmaduros habían decidido que sería la leche robar el dinero que la anciana llevaba para comprar el pan, pero no se les ocurrió contar con que ella se defendería y en el forcejeo cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra el bordillo de la acera.

     -¡Es que no se puede consentir! ¡Rufianes! ¡BÁNDALOS!- el anciano volvió a casa farfullando durante todo el camino-. La próxima vez se comen mi bastón.

jueves, septiembre 11

V

Lía se acomoda en la almohada observando a Eric, que juega con un mechero sentado en el borde de la cama. Su nidito de amor se reduce a un apartamento desordenado de 80 metros cuadrados que Eric alquila desde hace un par de meses y que tiene el mismo estilo caótico que él. Nunca se habría atrevido a referirse a él como su novio, o su pareja, a no ser que se encontrase en un contexto puramente sexual. Eric no es del tipo de persona con el que se hacen planes de futuro y, desde luego, tampoco del tipo que a un padre le gusta conocer. Pero ella tampoco. Quizá ese sea el problema: el fuego poco tarda en prender, pero los arañazos en la espalda fuera de la cama nunca se convierten en caricias.

       - No sé para qué vuelves a ponerte las bragas –dice acercándose a Lía lentamente-, sabes que no te van a durar.

       - Porque es más divertido cuando te las quitan.

Se atraen como polillas hacia la luz.

domingo, septiembre 7

IV

Cerró el contacto de la llave y apagó el motor del coche. Suspiró profundamente mientras se desabrochaba el cinturón y, saliendo del coche maletín en mano, se dirigió a casa.

El sol ya se había puesto y una suave brisa mecía los árboles de la calle. Entró pesaroso al portal, deseando encontrar a cualquier vecino que retrasara la hora de atravesar el umbral de la puerta. Nadie.  Pues vaya, pensó, nunca hay nadie cuando se le necesita.

Subió por las escaleras, como siempre, y abrió la puerta.

             - Cariño, ¿ya has llegado? – preguntó una voz de mujer desde la cocina.

Hubo un tiempo en el que había perdido la cabeza por esa mujer, por Angelica. Su ángel. Pero la magia se desvaneció. A veces pasa, ¿no? Un día volvió a casa antes de lo normal, decidido a recoger sus cosas e irse. Iba a dejar una nota, clara y concisa. Y un poco cobarde también. Imaginó que ella quedaría destrozada y no quería quedarse a verlo, sería lo mejor para los dos. Pero la sorpresa se la llevó él, desde luego. Cuando llegó a casa ella le estaba esperando, con una sonrisa de oreja a oreja. ¡¡Estamos embarazados!! exclamó nada más verlo. Ella rebosaba felicidad, a él se le cayó el mundo al suelo. Hacía ya cinco meses de aquello. Dime cómo se puede fingir amor a una persona cada día sin anestesiarte un poco. Sin perderte un poco.

viernes, septiembre 5

III

"No puedo permitirme tener miedo."

Aparentaba seguridad, pero se le notaban las ansias y el nerviosismo atorados en la garganta. Reía mucho más de lo normal y, en lo que dura un pestañeo, el semblante le cambiaba por completo y su mirada se volvía seria. Pocas veces la vi flaquear y volver la vista atrás y sé que esta vez tampoco lo hará. Una de las cosas que siempre he admirado de ella es que se deja el alma en ser feliz y podría jurar que lo consigue. Ojalá siempre sea así. Creo que aquellos que aseguran que existen personas que te tocan una vez y te acompañan toda la vida no han conocido a alguien como ella. Es pura luz.

Mi pequeña reina, bienvenida a tu nueva vida.

miércoles, septiembre 3

II

Llamó mi atención entre la multitud, a pesar de las luces tenues de la sala y el humo. Daba vueltas y vueltas mientras la falda de su vestido de lunares danzaba suavemente en el aire. Sonreía despreocupada. Vaya si sonreía, no podía quitarle los ojos de encima.

No acostumbro a entrarle a nadie a causa de mi timidez, ya lo sabes, pero era de esas oportunidades que se presentan una vez y de las que te arrepientes toda la vida.

Me acerqué rápidamente y le toqué el hombro con un dedo, temeroso. Se paró bruscamente y clavó sus enormes ojos marrones en mí. Sonrió entre tímida y provocativa. Estuvimos así un buen rato, mirándonos fijamente. Mis pensamientos corrían alborotados hasta que de pronto me tomó de la mano y me guió hasta el baño.

Mañana si quieres nos arrepentimos, susurró acercándose a mi boca.

No paraba de sonreír.

lunes, septiembre 1

I

Dejó la taza de café sobre la mesilla de noche, se puso las gafas y se sentó en la cama. Esa incertidumbre que ahora la invade le había sido familiar en otro tiempo. Es el poder que tiene enfrentarse a una hoja en blanco, aunque hace mucho tiempo que no lo experimenta. Un día quiso probar a vivir mucho y mal y dejó lo de escribir para tiempos mejores.

Retuerce el mechón de cabello revoltoso que le caía frente a los ojos, impacientándose, esperando que la musa aparezca antes de encontrarse a sí misma pensando de nuevo en él. En él y en sus malditos miedos.

Miedo.

A veces el miedo se tiñe de decepción y…

Y ya está perdida otra vez. En él.