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miércoles, octubre 8

XII

Hoy te has colado en mis sueños. Eras un lienzo sobre el que podía dibujar a mi antojo; no había restricciones de ningún tipo, sólo tú ante mí y el poder entre mis dedos.

Supuse que si me atrevía a hacerlo, debía hacerlo bien, así que me alejé un par de pasos para observarte y… qué te voy a decir, ya me resultabas fascinante entonces. No obstante, segundos más tarde decidí ponerme manos a la obra. Borré aquí, puse allá y recorrí tu cuerpo entero lentamente, aunque en algunas zonas me demoré más que en otras. Te gustará saber que no toqué un centímetro de tu espalda.

Cuando creí que ya había acabado, volví a alejarme unos pasos para admirar mi obra. No encontré ni tus manos ni tus ojos, ni la sonrisa traviesa que siempre regala esa boca tuya. Ya no había pasado del que preocuparse, no quedaba nada de esos sueños locos que siempre tuviste o de las manías que me hacían desesperar y rabiar. Te había hecho tan perfecto que ya ni siquiera eran visibles las cicatrices que adornaban tu piel (y tu alma). Antes, en cada abrazo envuelto en fría calidez, abrazaba tanto tu malhumor como tu risa, y no me gustó nada saberlo perdido. Sentí un vacío enorme en el pecho al darme cuenta de que no había visto que la única perfección que puedo ver en ti son todas tus imperfecciones, y ya no la tenía.

Y tú que siempre me dices que quiero hacerte cambiar…