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domingo, noviembre 23

XXI

    Sopla delicadamente el café, sosteniendo la taza entre ambas manos. Hoy es martes, así que seguramente estará en una de esas citas a ciegas que le preparan sus amigos, que no ven la hora de que se empareje. Se nota a leguas que está harta de esas citas y, por suerte, también de ese tipo. Le escucha hablar, por supuesto, pero quince minutos de la reproducción de las orugas amarillas habrían colmado la paciencia de un santo. Ha conocido la barra de todos los bares -aunque sigue acudiendo al mío cada semana-, las cafeterías más lúgubres, los restaurantes más variopintos y a nadie que valga la pena. Siempre dice que no tiene ningún tipo predeterminado, que le gusta sorprenderse. Quizá ese sea el problema: nadie está a la altura de sus expectativas, y contra eso, poco se puede hacer. 
     Se despiden con dos besos fríos en las mejillas, y él se va con aire satisfecho, como si no hubieran estado en la misma cita. Acaba su café y deja unas monedas sobre la mesa. Se levanta, bolso en mano, y pasa frente a la barra, con dirección a la salida.

         - Que pase buena tarde, señorita.

Hasta la próxima, espero.

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