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domingo, marzo 1

XXX7

     Llega tarde y nervioso, dos características que debería haber dejado en casa a buen recaudo. Sabe que ella lleva rato esperándole y recorre el local con la vista. No tiene que buscar mucho, la reconoce enseguida. Sonará a tópico cursi, pero siente que sus corazones se llaman a gritos y se aceleran al instante. Dos besos tímidos y una disculpa después, el camarero se acerca para tomarles nota. Café y tarta de queso que una compañera del trabajo me comentó que en este lugar la hacen riquísima para ambos. Pasada la barrera inicial de la timidez, la conversación fluye durante horas: parece que todo va bien. ¡Pero qué tarde es! ¿Pedimos la cuenta ya? Había prometido cuidar a mi sobrino esta noche. El camarero deja sobre la mesa un pequeño platito con la factura y a ella, casualmente, le urge ir al baño en ese momento. ¿Pero qué...? Él se ocupa de la cuenta y, después de pagar, ella vuelve a la mesa y coge su bolso. Bueno, ¿nos vamos?... Sí, claro. Se despiden amigablemente, ella le pide que la llame. Te estaré esperando, añade coqueta. No piensa llamarla. Media hora antes lo hubiera hecho, sin duda. Media hora antes no la habría dejado marcharse sin invitarla a cenar el sábado por la noche. Pero media hora antes no sabía que aquella despampanante chica vivía en los años 50 y que esperaba que fuera él, por el simple hecho de ser hombre, el que se ocupase de todo. Y que ella, sólo por ser mujer, estaba exenta de pagar cosas como, vaya usted a saber, sus gastos. Cuándo aprenderán.

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