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lunes, agosto 3

L7

       Sujeta con recelo un vaso con zumo de naranja recién exprimido con el que intenta paliar un poco el calor típico del verano. Me da por pensar que quizá ahora, en este instante en que sus ojos miran hacia el infinito, esté imaginándose a sí mismo en un paraíso tropical, a la sombra de una palmera, qué se yo. Pero la realidad es que los paraísos tropicales se le antojan lejanos. De hecho, cualquier distancia se antoja lejana cuando tus movimientos hace tiempo que se volvieron torpes y lentos. Tan lentos como para desesperar a aquellos que no entienden, ni quieren entender, que el tiempo pasa por todos. O que la vida es algo más que llegar a tiempo a las citas y sobrevivir siendo esclavos de dos de los peores inventos de la humanidad: la tecnología y los relojes.
       Recuerda con cariño los veranos en la playa con ella. Y los inviernos en casa, también con ella. Todo era mejor con ella, pero ya no está. Desde entonces experimenta cada día la dureza de despertar y que se rompa el sueño, que ella no esté al alcance de su temblorosa mano. La echa tanto de menos que a veces el amor le aprisiona la garganta y se come sus palabras. La echa tanto de menos que se ha perdido un poco él mismo y pocas veces puede recordar quién era cuando ella lo llevaba de la mano.
       Pero cuando habla de ella, puedo vislumbrar aún un brillo especial en sus ojos. Y sonríe.

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