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domingo, enero 31

LXV

       Para algunos los domingos son sólo manta, bebida caliente y sofá. A mí siempre me han parecido el inicio de un viaje (o el fin de otro); el 31 de diciembre de todas las semanas. El día de querer salvar el mundo o de salvarse los días, no sé cómo era, con o sin compañía. Y claro, hoy no iba a ser menos. Especialmente hoy, que enero se despide con la promesa de que mañana dolerá un poco menos, con la paz de que ayer, por unos instantes, cada sueño se llenó de magia. Porque el tiempo cura, pero uno también debe querer no dolerse. Me he dado cuenta que no sirve lo de pasar página, ni mucho menos lo de quemar el libro, porque la historia sigue grabada en cada poro de mi piel. Cada lucha, cada lágrima, cada caída, cada fallo, cada pérdida, cada adiós que no pude o no quise pronunciar, y cada sonrisa que eclipsaba con creces todo lo anterior. Y las historias que te marcan no se olvidan, te completan. Es momento de levantarse, de respirar, de avanzar y de seguir viviendo… que la historia ya se irá escribiendo sola.

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