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viernes, julio 22

LXIX

   - ¿Dónde estabas?
   Por ahí, huyendo de ti, de esta casa, yo qué sé. A pesar de que la casa está a oscuras, adivino su silueta en el sofá. Corro las cortinas del salón para que entre algo de claridad y encuentro que un cenicero lleno de colillas y una botella de vino del barato adornan una escena ya de por sí patética.
   - Te he preguntado que dónde estabas, joder. Y cierra las putas cortinas.
   Como si te importara. La miro fijamente a los ojos y me esfuerzo para reprimir los recuerdos, pero es en vano. Me sobrevienen imágenes de aquel día, el primer día de nuestra nueva vida. Dijo que ya no había nada que temer, que estaría para mí siempre y bueno… me lo creí. No sé si fue porque necesitaba creerlo, pero en aquel momento sus palabras parecían tan puras, tan de verdad… Y al principio fue bien, puedo decir sin ningún atisbo de duda que a su lado conocí la felicidad. Pero después empezaron a llegar los avisos, las facturas sin pagar. Las horas extras, el malhumor al llegar a casa. Empezaron a faltar los buenos días y las buenas noches, sus sonrisas especiales para mí. Todos mis esfuerzos para que sonriera eran en vano, como si el amor se le hubiera acabado y yo… bueno, como si yo estorbase. Me apartó totalmente de su lado y no pude hacer nada al respecto.
   - ¿Piensas quedarte ahí todo el día, mirándome con cara de imbécil? 
   Doy media vuelta y salgo por la misma puerta que crucé hace dos minutos. El portazo es su única respuesta. Adiós, mamá.

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