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jueves, febrero 4

LXVI

   — ¿Qué llevas puesto hoy? ¿Un vestido? 

Ella sonríe antes de contestar. Parece que hoy ambos están de buen humor.

   — Sí, uno naranja con flores blancas, bastante corto a decir verdad. Es uno de tus favoritos…

   — Hmmm... la verdad es que suena bien. ¿Y qué más? —pregunta con una variación en el tono casi imperceptible, deseo quizás.

   — ¿Qué más? —adoraba aquellos juegos—. Pues ya sabes, esas cosas que llevan las mujeres…

   — Entiendo. Y esas cosas de mujeres de las que hablas, ¿llevan encaje?

Deseo, definitivamente. La chispa en los ojos de su marido le dio la señal y se acercó a él, que estaba tumbado en la cama. Lo enderezó y se sentó sobre él a horcajadas. Tenía los ojos bien abiertos, esos ojos que la habían consumido tantas veces y que ahora habían perdido color. Cuando se dio cuenta, las manos de su marido ya habían volado hasta debajo de su falda.

   — Pues sí, llevan encaje.

Ambos sonrieron, muriendo de ganas. O viviéndolas.

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