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domingo, noviembre 16

XIX

       Susana y Carlos se conocieron en una excursión a la sierra. Carlos era primo de uno de los amigos de Susana y aquella mañana al llegar se incorporó al grupo por primera vez. A pesar de que fue atracción a primera vista, aquel fin de semana no pasó nada entre ellos. Aun así, buscaban excusas para quedarse a solas y charlar un rato; habían congeniado tan bien que no parecía que se conociesen de unas horas. Susana, que era la viva imagen de la timidez, se encontraba muy cómoda perdiéndose en los ojos de aquel perfecto desconocido mientras le hablaba del jefe del taller en el que trabajaba y que tanto odiaba. Ella trabajaba en una oficina y no creía que las historias de su día a día fuesen entretenidas, pero Carlos la escuchaba como si el mundo dependiera de lo que contaban sus labios en aquel momento.
       Han pasado doce años de aquel fin de semana. Ha pasado toda una vida en realidad, pero hoy, después de tanto, han vuelto a aquella casa en la sierra. La compañía es diferente esta vez: en el asiento trasero del coche una hermosa niña descansa plácidamente sobre el regazo de su hermano, agotada por el viaje.

       - Mamá… ¿ya hemos llegado? -pregunta en un susurro la pequeña, que ha abierto los ojos al apagarse el motor del coche- ¡Huele a plantas!

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