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jueves, septiembre 25

IX

Llevaba unos pantalones sucios, un abrigo viejo y unas botas rotas. Tenía una cicatriz en la ceja derecha y los ojos más tristes del mundo. En el suelo reposaba un pequeño gorro raído con algunas monedas en su interior y no le quitaba los ojos de encima. Quién sabe cuanto tiempo llevaría sentado en aquella esquina o si tendría algún otro sitio al que ir o regresar. En su regazo había un bolso de tela que en el que supuse que guardaría sus cosas y que sostenía como un gran tesoro. No dejé de preguntarme si en eso se resume todo, en aferrarte a lo que te queda como única opción de sobrevivir. Me acerqué y dejé unas monedas en el gorro. Nadie más parecía darse cuenta de que estaba allí pero podría jurar que, en aquel momento, vi el reflejo fugaz de una sonrisa en sus labios.

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